Tres silencios

        El tiempo no pasa, se queda. Cuerpos y almas, valga tan antigua dicotomía, son depositarios de su rara presencia en fuga. Inexorablemente, almacenamos deterioros y guardamos experiencias.

        Los cuerpos se llevan muy mal con el tiempo, es difícil y costoso disimular la ruina de la edad. Las almas, en cambio, gracias al proteico recipiente de la memoria, están más dotadas para enfrentarse con él. Una de las funciones de la memoria, la primordial según Borges, es el olvido. Olvidar no es más que derramar algo de tiempo acumulado y, según dicen, debe hacerse para sobrevivir. Sin embargo, algunas veces cometemos la osadía de olvidarnos de olvidar, creo que así nacen, entre otras muchas cosas, la melancolía y el arte. Por mi parte, no he olvidado a amador. Esa curiosa monotonía que llamamos “yo” lo recuerda casi a diario. Créame que no incurro en hipérbole elegíaca. Entiéndase que hablo del ser humano, no de su prístina obra. Ella, por fortuna, sigue ahí al alcance del aire.

        El carácter de este texto obliga a practicar la remembranza. Los artistas trasmutan el ultraje que dejan los años en música o en símbolo, los demás hemos de resignarnos a convertirlo en anécdota. Dada mi proclividad al patetismo he decidido amortajar en este papel el recuerdo de la última vez que nos vimos. Sé que cuando contamos ciertas cosas corremos el albur de abaratarlas, soy consciente de ello y asumo el riesgo de devaluar un tesoro.

Fué un tórrido día de Mayo, allá por el 2001, en su piso de Madrid. Yo venía de Méntrida, un pueblo toledano donde amador convirtió un vulgar caserón en un lugar bello y acogedor del que he sido feliz asiduo. En aquella ocasión supervisaba la devolución de las piezas que habían integrado su antológica de Gijón y de Oviedo. Tras finalizar con éxito la delicada tarea fui a comer algo con el hijo de amador, otro Amador por nombre y por talante, y con el “señor Tomás”, vecino y entrañable amigo de nuestro artista y el mejor custodio que han conocido sus piezas. En su grata compañía, engullí unas cuantas tapas de variada naturaleza, absorví numerosas cañas de cerveza y, como remate, me calcé un par de copitas de “sol y sombra”, que es la bebida preferida de Tomás. Cogí un autobús y luego el metro y llegué a la calle San Magín chorreando calor y alcohol. Justo delante del portal me aireé con el humo de un “camel”.

        Ya repuesto del sofoco, pulsé el timbre. Me abrió Cecilia, directamente nos dirigimos a la cocina; él estaba allí sentado, muy cerca del cierre acristalado, muy cerca de la luz. Mientras nos abrazamos recordé otro momento en aquel mismo sitio, una primaveral mañana de 1991. Ambos iban vestidos con ceremonial elegancia. Sentí cierta vergüenza, no había previsto lo especial de aquel encuentro; mi camiseta sudada, mis vaqueros sucios y mi aliento anisado eran evidencias notorias. Perdonaron mi falta de delicadeza; todo lo puede la hermosa dimensión humana de la amistad. Charlamos sin pausa durante casi dos horas, bebimos agua y café; me abstuve de tabaco y espirituosos. Una tras otra salieron a relucir las vicisitudes compartidas los últimos diez años. No se habló de la pronta y temible operación que le esperaba a amador y que su corazón y sus arterias hacían irremediable; aunque, con los ojos, furtivamente, Cecilia y yo intercambiamos tristeza y desamparo. Nos despedimos ciñendo tácitamente, entereza y esperanza.

        Raudo me aposenté en la terraza del bar más próximo. Pedí un güisqui y luego nueve más, una tretraktys de “chupitos”. La acompañé con ventiún cigarrillos y tres botellines de agua, términos séptimo y tercero de la “sucesión Fibonacci”. Paulatinamente, me fui envolviendo en una redentora nube de nostalgias, entregas y amores. Ignoro cómo llegué a la estación de Chamartín.

        A la mañana siguiente estaba en casa. Mis hijos en el colegio y mi mujer en el trabajo. Tomé tres minutos de ducha fría, cuatro analgésicos y cinco vasos de bebida de cola, los catetos y la hipotenusa del “triángulo egipcio”. Luego, meticulosamente, me puse a organizar la voluminosa documentación sobre amador que yacía amontonada en un rincón; no se me ocurrió otra manera de superar la tremenda resaca y exorcizar los oscuros presentimientos. Pasadas dos horas, hice un alto entrópico en mi cósmico propósito. Abrí uno de los muchos cuadernos en los que guardo lo que he creído haber atisbado sobre la sustancia íntima de su arte. El azar me llevó me llevó a una escueta frase, extraída de unas declaraciones suyas al diario EL COMERCIO, es la siguiente:
” He llegado al silencio”. Debajo estaba escrito: “Provocativa brevedad”, un añadido de mi jardín. Y a continuación, entre corchetes, una larga cita de Simeone Weil, reza así: “La más bella música es la que confiere la máxima intensidad a un momento de silencio. Primero está el silencio interior, que se interpone entre dos notas; luego el silencio exterior, que se agrega al interior en amoroso descenso. Doble descenso del silencio que es la clave de todo arte”. Hay días que uno se siente muy mal, muy poca cosa, muy desganado; aquel era uno de ellos; no estaba para lo que descubren o encubren el palabrerío o el orden; así que apilé de nuevo las abultadas sombras de mis asombros y salí, en busca de auténtica solidez emocional, a mirar la mar.

        Pocas semanas después, exactamente el 10 de Junio a las 5 de la tarde, sonó el teléfono, lo descolgué y oí lo que temía escuchar: amador había descendido al tercer silencio.

Francisco Zapico Díaz

Foto: Fabrizio Gandini

Post a Comment

Your email is never published nor shared. Required fields are marked *

*
*